ANIMALES DE HIERRO

Por: Félix Flores Varona.

Creo en la simbiosis de las artes y la magnífica fecundidad de la combinación artística. Celebro el teatro por ser una de las más aglutinadoras de las manifestaciones; y puedo citar ejemplos: ¿quién pone en duda los valores estéticos del barro, hecho escultura humana, bajo la “batuta” de Orlando Concepción, por solo aludir al “talento local”?

Pongamos, no está demás, un ejemplo “extramuros”: los proyectos del plástico camagüeyano Maikel Herrera, cuya obra se funde con la música al tornarse fuente de inspiración para compositores e intérpretes; o con la literatura, en la ilustración de libros infantiles tan hermosos como Los gnomos están tristes, del escritor guantanamero Eldys Baratute, vendido en la reciente Feria del Libro y la Literatura.

Los avileños también tenemos nuestro Maikel, creador de sátiros, güijes y gorriones, quien, además de dominar con excelente maestría técnicas como el dibujo, la cerámica y la orfebrería, se ha revelado como prominente escultor; faceta esta última considerada la más visible de su quehacer artístico.

Sí, él es el autor de esas singulares esculturas emplazadas en el Parque de la Ciudad para cautivar, de muy diversas maneras, y con diferentes niveles de lectura, la atención de los visitantes, aún cuando algunos sigan viendo en ellas simple “animales de hierro”, por ser la chatarra reciclada el soporte material de estas creaciones.

En días recientes, las piezas aludidas fueron objeto de un hecho vandálico: las removieron de su lugar, las volcaron, las mutilaron. Según todo parece indicar, nadie custodiaba el área cuando tuvieron lugar los acontecimientos. Por la misma razón, no es posible tener ni la más mínima idea sobre la identidad de los perpetradores, pues más de uno se necesitaba para emprender la “hazaña”.

“Seguro fueron cuatro muchachones borrachos que, cuando salieron del estadio, les dio por eso”, me podría decir Garrido, el bodeguero de República, con ánimo de darme una explicación y no darle ribetes trágicos al asunto, pues, a decir verdad, este se presta para más de una conjetura. Sin embargo, el oficio no me permite especulaciones de ese tipo, pero, de todos modos, debo anotar algo:

Los hechos ocurrieron  cuando todavía está latente en la memoria de muchos un artículo publicado en esta misma página con la firma de Sayli Sosa. Trataba sobre las indisciplinas sociales y en él se mencionaba, entre otras acciones vergonzantes, el robo del machete de la estatua de Máximo Gómez en el parque tan homónimo como la calle, y el robo de las bridas del caballo cenizo situado a la entrada de la Casa del Campesino del Parque de la Ciudad.

Con mucha razón, no habría querido, en este trabajo, “salpicar pa lo mojao”,  como diría su ilustrísima Juana la Cubana, y no quisiera tampoco admitir lo baldío de mi esfuerzo y el del resto de los colegas empeñados en seguir tratando el tema. “Por gusto”, pudiera decir el señor de la bodega. Y yo, utilizando otra expresión del gracejo popular,  le respondería: “No me queda de otra”.

En efecto, se hace necesario seguir hablando del tema, exponiéndolo, denunciándolo, pues la indisciplina social se ha convertido, al decir del escritor Marcial Gala, en “el juego que no cesa”. Y lo que es peor: cada vez, se manifiesta de manera más alarmante. Trataré entonces de ir más allá de los factores económicos, para traer a colación una arista del tema menos manida.

Me pregunto entonces si los perpetradores tendrían alguna capacidad de apreciación artística ante el objeto de su violencia. ¿Albergarían la más remota idea sobre quién es Maikel Mena y los méritos acumulados por este artista? ¿Podrían valorar el profundo mensaje ambientalista del que son portadoras sus esculturas?

Nadie puede amar lo desconocido y, aunque resulte lugar común plantearlo, la trasmisión de conocimientos y valores ha tenido fallas demasiado evidentes en las últimas décadas. Estos hechos lo corroboran, como también nos dan la pauta de cuál debe ser la meta y la necesidad de incluir en la instrucción de nuestros educandos el conocimiento de la vanguardia artística del territorio en todas sus manifestaciones.

No será necesario redundar en la importancia de la cultura en tanto elemento identitario de la nación, ni insistir en el llamamiento de nuestros líderes a salvarla como primera opción de sobrevivencia; y la más digna, sin dudas. Pero sí debo hacer énfasis en una verdad ineludible: el poder de apreciar en su justo medio el conjunto de valores espirituales y materiales creados por la sociedad es un antídoto contra la profanación.

En otro orden, también cabe preguntarse si los atacantes podrían concebir un ideal mejor de recreación, o, dicho con un enunciado de zona, “¿no tendrían otra cosa con qué jugar?”, caso para el cual en mi barrio también existe la sugerencia… Aunque, como es sabido, las opciones de sano esparcimiento constituyen otra de nuestras asignaturas por aprobar y las autoridades competentes no debían considerarla una más.

Pero en este caso, asimismo, volvemos a otra carencia instructiva y, una vez más, nos planteamos la interrogante: ¿enseñamos a nuestros educandos con la efectividad suficiente para despertar en ellos la necesidad de asistir a un museo, un teatro, una galería, o disfrutar de un buen libro o una película igual de buena, o una serie de esculturas ambientando el Parque de la Ciudad…

La realidad nos golpea. Un número considerable de personas, y se hace lamentable el caso de las más jóvenes, está incapacitado de disfrutar un volumen nada despreciable, y por demás disponible, de opciones culturales alejadas del alcohol, la mala música y el vandalismo. En esa dirección, todos los implicados, y no solo la escuela, debemos “corregir el tiro”.

Hubiera querido, en aras de lograr la aludida mixtura de las artes, ilustrar Puntos en el tiempo, mi más reciente libro de narrativa, con dibujos de Maikel Mena. “Me cansé de rogarle”, como en la canción mexicana, pero sus múltiples ocupaciones se lo impidieron.

Pero, en el mismo sentido combinatorio, mejor suerte corrió el fotógrafo Humberto del Río, el autor de esa enigmática foto donde, en medio de la laguna del parque citadino, aparece la figura estilizada de un pez de chatarra creado por Maikel. Ojalá esos otros “animales de hierro”, es decir, los profanadores, desistieran de su móvil y le permitieran al resto de los creativos seguir interactuando con la obra del artista y, al público, disfrutarla.

 

 

 

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