MIS POCAS PALABRAS

MIS POCAS PALABRAS

 

 

Por: Vasily M. P.

 

Te miro a los ojos y digo: sí, sé que eres periodista, pero puedes sentarte ahí a disfrutar del espectáculo como parte de este público. Te molesta, igual que a mí, la ausencia de público, de artistas afines a la manifestación artística que se expone. Te incomoda, igual que a mí, que ni siquiera estén los funcionarios que atienden esta rama artística. Ni estudiantes, ni familias.

No olvides que ahora eres público. Un necesario público.

Ya tendrás tiempo, en casa, en la soledad de tu escritura, para volverte el crítico de arte que tanto necesitamos. Por el momento, creo yo, eres solo uno de los pocos espectadores.

Y resulta que cuando asistes a sucesos culturales como este o cualquier otro, deberías primero pensar que no solo de la promoción y divulgación vive la cultura. Ni ese es la única arista que se puede criticar de una actividad. No quiero decirte en estas palabras pocas, cuáles serían esas cosas en las que deberías fijar la vista, las conoces y mucho mejor que yo, pero te hago el llamado porque sé que las costumbres suelen ser como las buenas intenciones que inventan el camino al infierno.

Ni la promoción (subir un escaño), ni la divulgación (difundir una noticia) forjan un evento cultural. La participación masiva depende de muchas cosas esenciales que merecen tu atención y el uso de todo tu intelecto para llegar a una comprensión y, luego, a la solución del problema.

Primero podríamos ver cuáles son las necesidades que tiene el público que se pretende invitar a la actividad y luego, si con esa actividad se resuelve esa necesidad. Por lo general, los sucesos culturales no satisfacen necesidades primarias, esas biológicas o de seguridad a decir de Mazlow, pero sí aquellas superiores y que tienen que ver con la autovaloración, el reconocimiento, y el estudio.

Entendiendo esto, habría que valorar entonces si la actividad en cuestión, esta misma que estás presenciando ahora, cumple los requisitos para satisfacer ese tipo de necesidad. De ser negativa la respuesta, entonces habría que entrar a analizar el grado de información que tiene el sujeto o los sujetos sobre este particular y de ser alto, pues entonces estaríamos percibiendo que existe desmotivación debido a la falta de interés por el producto final que brinda ese suceso cultural.

En pocas palabras, el sujeto espectador nada gana como artista, como ser social, no es reconocido en público ni ocupará un lugar privilegiado dentro de la platea, y ni siquiera el «mundo» sabrá que una persona con sus características está ahí, participando y construyendo con su presencia un ambiente cultural.

Adquirimos la autovaloración desde los primeros años de la edad escolar, y para siempre dependeremos de lo que los otros piensen de nosotros. Todos nos auto-valoramos y todos, sin excepción, necesitamos que nos den un espacio en el mundo para poder realizarnos.

Un público que no se realice, que no se sienta valorado como público, mientras visualiza cualquiera de las manifestaciones artísticas, es un público que perderá el interés por participar y construir espacios participativos.

Podría parecer baladí, pero más o menos así, según el Manual de la UNESCO para medir la participación social, y publicado en el 2014, son las cosas. Entender esto, analizar la situación desde esta mirada, podría ser más interesante que seguir cargándole la culpa a la falta de, repito, promoción (subir un escaño), y la divulgación (difundir una noticia).

Le sumo a esto que echarle toda la responsabilidad a una institución es como echar las prendas a los puercos.

Nuestra política cultural valora la institucionalidad como ese organismo necesario para hacer cumplir los principios de la política cultural. Los ataques de las sociedades burguesas y capitalistas estarán siempre dirigidos a debilitar ese papel que la institución tiene. Por lo mismo, es de vital importancia no criticarlas a menos que se tengan a la mano los argumentos más fieros y las notas más profundas a riesgo de caer en papelazos y sumirse en la ignorancia, en el mejor de los casos.

Habría que entrar a criticar la funcionalidad de esa institución, así como la adecuada distribución de los roles dentro de la organización. Ver, con verdadero sentido investigativo, si el promotor está cumpliendo su papel, el programador el suyo, y si todo el aparato que hace posible el funcionamiento de la actividad, esté siendo controlado y organizado con el debido profesionalismo.

Ahí, creo yo, estaría la clave de una buena crítica. Y mucho más, si junto al descubrimiento de los defectos ponemos la contrapartida o antídoto. Claro que siempre desde nuestra subjetividad, aportando soluciones o teorías para llegar a ellas.

Por otra parte, si sobrecargas la visión hacia el lado personal, podrías convertirte en un censor y no estarías ayudando en nada. Solo entorpecerías el camino pacífico de la solución y el entendimiento. Se necesita llegar al responsable, criticarlo, sí, pero moverlo en su base con tal de que cambie de actitud. Hacerle sentir que tú, y solo tú, tienes la razón y de que se lo estás diciendo para que él perfeccione su trabajo.

Sé que eres periodista, y te aplaudo por ello. Sé, también, que el ejercicio de la crítica trae consigo tragos amargos y más de un subidón de presión arterial. Pero es necesario crear ambiente cultural desde el periodismo pensado y con análisis. Debemos dejar ya a un lado las notas informativas, impersonales y des-afectivas sobre el clima cultural de la provincia. Lejos de hacer bien, les estamos abriendo aún más la herida a nuestra propia cultura.

Podría seguir escribiéndote muchas más estrofas sobre el tema. Esto dos temas, en sentido general era lo que quería expresar. Espero no haber herido tu sensibilidad. Estoy haciendo crítica también, te uso, de alguna forma, como material de estudio.

Y ahora que esta actividad termina, ahora que tienes en la cara una expresión de desagrado, puedes dejar el asiento y correr a casa, a emborronar cuartillas para evitar ese infarto.

Cuando termines de escribir ese texto házmelo saber, ojalá mis pocas palabras te hayan servido para cambiar viejos resabios y hábitos para nada saludables.

 

 

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