COMITÉ PROVINCIAL DE LA UNEAC

LA POESÍA SE ERIGE EN SU NOMBRE: A PROPÓSITO DE FUEGOS FATUOS

LA POESÍA SE ERIGE EN SU NOMBRE: A PROPÓSITO DE FUEGOS FATUOS

Por: Leidy Vidal García

Parafraseando a Umberto Eco —aunque su frase referíase a la Rosa—, la Poesía se erige en su nombre. Quiero decir, la Poesía lo es más allá de cualquier forma que tome: poesía rimada, verso libre, prosa lírica, o cualquier otra variante de estrofa, incluidas las no tan habituales para los lectores y/o escritores occidentales. Así con el haiku y el tanka, de origen japonés.

La brevedad, la síntesis, es casi siempre una ventaja. Y la Poesía parece agradecerla. De ahí que este libro, Fuegos fatuos, de Erich Estremera, resuma en sus 49 poemas breves, tantas preocupaciones existenciales, ontológicas y literarias —o quizás más— como otro de grandilocuentes palabras, profusión de adjetivos, y largas tiradas de versos.

En «Sobre la estera», primera parte del libro, el poeta sitúa su mirada en la naturaleza, en esa comunión de energía universal que hace que el liquen, el león, la piedra, el hombre y el ratón puedan compartir la misma alma. El hombre se ve reflejado en ellos como en un espejo, o en un agua transparente; sus angustias y sus alegrías no son tan diferentes de las nuestras, a nivel material o espiritual:

Tras la sequía,

agrietada la tierra,

ruégale a Dios.

«Desprendimientos o Suspensión de los ecos», agrupa los poemas en que el poeta reflexiona, ensaya, pregunta, ama, hiere, salva, mata —a otros, o a sí mismo—. Cito:

Si se repiten, Dios,

los días felices,

¿qué haré con mis poemas?

Para cerrar, «Dos tanka», síntesis final:

Revolotean

en las lindes nocturnas

luces de plata.

Sobre el hosco cadáver

ascienden fuegos fatuos.

La virtud primordial de estos poemas es permitirnos co-crear, leer después del punto. De tal modo, cuando llegamos a la última página del libro, Erich ha logrado su cometido: entregarnos un libro de Poesía verdadera, la que no necesita adornos, la que existe a pesar de las figuras retóricas y nuestras propias intenciones —limitaciones— como escritor/lector, la que está antes y después, fuera y dentro: la que hace que sin los poetas —ahora parafraseando a Dulce María— el universo ya no tenga tanto brillo, y que el hombre no pueda saber, aunque la tenga, qué es realmente la Rosa.

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