PARA LA SALUD DE NUESTRA UNEAC

Por: Vasily M. P.

 

Una de las mejores cosas de ser Psicólogo es alcanzar a entender y apropiarse de las herramientas para comprender y hacer comprender, que detrás de todo acto humano hay una premisa, un por qué, una justificación. Somos el resultado de lo que hemos vivido y de la manera en que nos han hecho vivir.

Podrá haber sus excepciones, sin dudas, pero creo que así sucede en nosotros los Humanos.

De esta manera puedo comprender que algunos artistas se ganen la vida honradamente, y otros, no tan honradamente, pues con mentiras y medias verdades tratan de engañar a quienes los perciben.

En esencia todos queremos alcanzar una posición digna dentro de la sociedad; llevar comodidades a nuestro hogar; satisfacer las necesidades primarias o de otra índole, de todos aquellos que nos rodean e importan; queremos ser consumidores y darnos ciertos lujos; hacer arte a nuestro antojo y que el mundo sepa que somos inteligentes y hasta mágicos.

A veces olvidamos la realidad. Esa realidad que es mucho más rica y es la madre de toda Imaginación.

Escribir cuentos, por otra parte, me ha servido para comprender que narrar un cuento no es el simple hecho de contar una historia con mayor o menor grado de atractivo, si no, un acto consciente de mentirle al «otro» y, a la vez, hacerle pasar un rato agradable. Para ello me valgo de algunas herramientas como la sorpresa, la inteligencia, y una casi secreta estrategia de combate, con tal de ganar mi objetivo.

Un escritor que escriba lo que no tiene que escribir, o de lo que no sabe un ápice, tiene que valerse de recursos similares, pero con la salvedad de que no está escribiendo ficciones si no, «realidades». Y eso podría ser «periodismo» en cualquiera de sus manifestaciones.

Hacerlo por dinero no es lo terrible, a mi entender, si no hacerlo conscientemente mal y «solo por» dinero. Estaría justificado, por supuesto, por lo que antes venía diciendo acerca del comportamiento y sus razones.

Es terrible porque denigra al escritor, lo vuelve un ignorante sin remedio y una especie de marioneta que solo escribe lo que le mandan y de la manera en que se le exige. La historia del arte está llena de personajes así. Personajes de alguna valía, sin dudas, y otros que ya conforman el estrellato universal.

Eso para nada es democrático.

No hay que mencionar que para algo existen los perfiles editoriales, las políticas de consumo y demanda, y el asalariado tiene que cumplir ese y otros tipos de exigencias. Y para el que no lo sepa, se empieza dándote ciertas libertades de escribir «sobre lo que uno quiera» y luego se van poniendo cada vez más temas a tratar y, sin darnos cuenta, se está escribiendo por encargo y de la forma en que ellos quieren.

No se confundan, defender una opinión, una teoría, una realidad, es ya otra cosa. Para ello no hace falta más motivación que el propio acto de reconocerse en la escritura y que los otros, a su vez, lo reconozcan a uno. Pero qué triste aquel que sin talento ni oficio se gana el dinero mal escribiendo artículos que denigran a la Patria que es la suya, a la que no ha renunciado, y que sabe que de lo que está escribiendo no conoce siquiera la parte intermedia.

Más triste aún, publicarlo, salir a la calle y verse con los amigos que lo han leído y saben que «eso» que está ya publicado —sea cual sea el soporte—merecía otro camino, incluso el olvido. ¿Cómo interactuar con ellos sabiendo esa verdad? Mintiendo, seguir mintiendo es el camino, quizás el único.

Y la falacia de aquellas publicaciones que todavía cuelgan una aclaración: «Cada autor es responsable de sus opiniones». Como si con ello se libraran de culpa o de responsabilidad.

En varias oportunidades, para ganarme la vida escribiendo lo que escribo, he querido publicar en sitios «así». Les he mandado mi solicitud de colaboración y me han rechazado, rotundamente. Alegan que mis textos no se «ajusta al perfil editorial». ¿Cuál es el misterio? No hay misterio, la frase que repite: «Cada autor es responsable de sus opiniones», es solo una falacia. Una bien burda.

En sitios y revistas como «esas» no me publican porque soy Comunista, porque creo en mi sistema político y en esa Revolución que, por desgracia, no ayudé a gestarse en 1959. Soy un producto de la política cultural cubana, de la AHS, y ahora me sostiene la membresía de la UNEAC. Como mismo soy hijo de mis padres, hermano de mis dos hermanos y padre de mis hijos. Reconozco errores, injusticias; problemas y soluciones; reconozco situaciones complejas y otras venturas. No los denigro porque hacerlo es un acto de deslealtad.

El sol no es una mancha que ilumina.

Toda mentira, creo yo, es triste, porque nos hace ver como víctimas de «algo» que está solo dentro de nosotros mismos. La realidad por sí misma no tiene argumentos para que seamos mentirosos. La realidad es objetiva y su comprensión, como enseñaba Rubinstein, es lo que la hace subjetiva, porque se trata de cómo la ve el sujeto.

Por lo tanto, mentir, sobre cualquier cosa, es algo más allá de disfrazar una verdad, es disfrazar nuestra debilidad para tratar de hacernos de otra manera ante el mundo y lograr al fin, lo que queremos: Reconocimiento social. Entre tantas otras cosas, como se entiende de la pirámide de necesidades de Maslow (1943), o la de Nuttin.

Pero es un castillo de arena, una invención.

Llegado a este punto, todo lo anterior me resulta comprensible, como psicólogo. Como escritor de minorías que soy, no estoy capacitado para entender que un miembro de la AHS o la UNEAC, que como organizaciones tienen una ideología y concepción bien marcadas, pueden ir en contra de esos principios y vivir como si nada pasara.

Me resulta curioso como la ética de algunos de esos artistas se reduce solo al beneficio de pertenecer a esas organizaciones y dar por sentado que son merecedores de todo tipo de privilegios.

Y no me parece inteligente, entonces, hacer un arte ruin, que juegue con la sensibilidad de la gente, que esté mintiendo todo el tiempo al punto de estar pasando «gato por liebre», y después, reclamar un espacio en la cultura nacional.

Hay temas sensibles en nuestro país: la educación, la atención a las embarazadas, la muerte de un dirigente político, y otros más. No significa que todo esté bien, errores se cometen cada día. Nada justifica un ataque a esos temas y, mucho menos, sobre la base de la mentira y la chapucería. Eso denigra al escritor, no a la Patria y menos a la Revolución.

Si no se defiende esa cultura que es también el cuerpo y alma de la Nación, si no se hace con honradez y dignidad «la obra de la vida», entonces no se debería exigir ni privilegios ni mucho menos, exigir por el acatamiento de sus derechos.

Esta política cultural nuestra nos pone en un lugar privilegiado. Seamos o no prósperos; viviendo con los mismos problemas de siglos atrás y con los nuevos de este siglo; con o sin progresos o sin demasiadas calidades; lo cierto es que la política cultural cubana es justa, como justa es la Revolución que la ideó y la proclamó. Ir en su contra, siendo miembros de organizaciones que brotaron de sus senos, es una actitud no solo mezquina si no, también, de poca credibilidad. Así lo creo.

Nuestra realidad es rica en ejemplos de justicia. Nuestra realidad se llena de ciudadanos que defienden esa realidad. Hay manchas en el sol, pero el sol no es una mancha que ilumina.

Les toca a la AHS y a la UNEAC hacer valer lo que en letra impresa y digital se recoge en sus Estatutos y Reglamentos, corregidos y actualizados desde el 2015. No tengamos miedo de equivocarnos. Primero miremos quien merece algún tipo de persuasión y quién no. Del resto se encargará la historia del arte y la literatura cubana.

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