COMITÉ PROVINCIAL DE LA UNEAC

PALABRAS DE ELOGIO PARA ARMANDO HART DÁVALOS

Por: Vasily M. P.

Tomado de: http://www.uneac.co.cu/secciones-periodisticas/resenas/palabras-de-elogio-para-armando-hart-davalos

Armando:

Me resulta imposible hablar contigo de manera comunicativa. Estamos en dos partes distintas de una misma circunferencia. Envidio tu parte. Tú ignoras la mía y, quizás, hasta mi propia existencia, pero quisiera, por una hora al menos, haber vivido las cosas que tú has tenido que vivir. Un hombre imprescindible no va por la vida como cualquier mortal. Tiene una carga mayor sobre los hombros y eso lo hace imposible, quimérico, sustancial y de otra materia. Por eso vivir es como una obligación, un deber, se acata o se vive. Como nos enseñó Félix Varela, el hombre debe consagrarse a más altos empeños. No hay otra opción. Pero me hubiera gustado tener la obligación de vivir bajo las circunstancias aquellas fundacionales en las que asumiste posturas y tomaste constantes decisiones. Eran los primeros años de la Revolución y era, también, los años de antes de la Revolución. Me hubiera gustado conocer a todos aquellos a los que les has podido estrechar la mano, y entablar discusiones con las personas con las que has podido hablar, incluso en sueños. Ardua tarea esa, la de comunicarse con personas de distintas constituciones físicas, espirituales, credos y formas de vida. Difícil asunto de anunciar ideas y de convencer al otro de realidades convulsas y así atrapar su interés, conseguir que comiencen a pensar, a sentir, como uno mismo. Tarea titánica que has logrado desde tu fe martiana. Porque tienes a Martí debajo de la piel y en cada una de tus extremidades. Vives a Martí, lo respiras. Piensas, tal vez, como mismo pensaría el Apóstol, pero con la actualidad carcomiendo tus entrañas. Has sabido hacer tuya su doctrina. Como mismo has hecho tuyo el misterio de Cuba y todo lo que significa ser cubano, amar la tierra, el paisaje, los dibujos de las tejas sobre los portales y la forma de esta Revolución que cobija al más humilde. Me das envidia por haber pasado de la lucha clandestina a la creación de las primeras leyes revolucionarias, de nuestra política cultural que construye y protege la identidad cubana y, también, el valor del arte que producen nuestros artistas. Y a nuestros artistas, así como, también, el acercamiento del buen arte a la comunidad y el acceso del pueblo a las distintas funciones artísticas. Me habría gustado, Armando, haber escrito al menos, la mitad de tus textos para el bien de la humanidad, de la Cuba de todos los tiempos. Ahí están tus largas conversaciones sobre los Estados Unidos de Norteamérica, Martí, la cultura y la economía, la libertad y la responsabilidad, entre tantas otras que he ido leyendo al amparo de las nuevas tecnologías que nos ahorra tiempo y espacio. Y una de las cosas que más nos une es la presencia martiana y el amor por esa obra colosal que el Apóstol escribiera quién sabe cuándo, ni en qué tiempo y cuyo legado se mantiene vivo cual llama del Olimpo. Sé que tu interés siempre estuvo centrado en que nuestros estudiantes conocieran la vida y obra de Martí, porque sabías del peligro que ya corría el conocimiento de su evangelio y que con tanto atino Gastón Baquero anunciaba en sus artículos por allá por los años 40. Cuando te tocó la tarea de dirigir los ministerios de educación y el de cultura, viste encendida la estrella martiana allá en la cima de todos los saberes. La educación y la cultura están unidas indisolublemente. Nuestras ideas son el resultado de nuestra educación (Félix Varela). Tal y como quería Vygotsky cuando escribía que el aprendizaje guiaba al desarrollo. Entonces, diste oportunidades para que todo el pueblo accediera, de una vez y por todas al universo martiano y fuera, a su vez, multiplicador de cada una de sus enseñanzas. Nunca perdiste la oportunidad de decir lo que pensabas y defender, junto a Fidel, esta Revolución inmensa que vivió amargos derroteros y tuvo (aún tiene) los peores enemigos de la Historia. Tu obra es vasta y me complace, Armando, poder escribirte estas cuartillas. Mientras lo hago, pienso en cada uno de los escritores que conforman la constelación literaria cubana. Pienso en Félix Varela y pienso en Mella, en Bolívar y en tantos otros que citaste palmo a palmo en tus discursos con la clara sensación de que nuestro continente es rico en pensadores que aportaron mucho al desarrollo del pensamiento y las ideas. Lograste acercar a las jóvenes a esos asuntos. No hay joven que no quiera ser grande en ideas y sentimientos (Félix Varela). No en vano fuiste merecedor de la distinción Maestro de juventudes de la AHS. Tu sino es seguir alumbrando el camino de aquellos que, como yo, buscan el mejoramiento humano y el navegar por esta isla de toda la cultura que sea capaz de salvar a la especie humana y a la historia de un pueblo que no fabrica muros y que tiende corazones al sol. Es un acto de justicia el ilustrar al ignorante (Félix Varela). Hasta eso nos enseñas Armando, y es algo que también te envidio: la cultura de la Revolución hay que hacerla todos juntos. Nos toca ese papel y tú nos has dado la oportunidad de llevarlo a cabo. Y eso hacemos. Me hubiera gustado escribirte muchas cosas más, pero el tiempo es preciso y, como cuchilla, puede cortar los hilos de la imaginación. Procuro sacar afuera, en estas palabras de elogio, todo mi sentir. Y tengo que afirmar que admiro tu obra, tu praxis, tu tenacidad absoluta y tu fe, cual paraíso perdido, en la obra puntual del “hombre nuevo” en la Cuba nueva que desde 1959 fundaste tú y muchos otros, tantos y tantos. Quisiera haber nacido en ese tiempo para poder enarbolar las banderas de la cultura y empujar esta isla como el escritor de minorías que soy y que produce, o trata de producir, humanidad. Te debo eso, también.

Muchas gracias, Armando.

 

Ciego de Ávila

Feria del Libro dedicada a Armando Hart Dávalos, marzo de 2017

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