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DESDE EL CRISTAL

Por: Masiel Mateos Trujillo

 

Soy un ser de este mundo, a todo pertenezco. Así he de pensar después de varios días sosteniendo la responsabilidad de un sitio donde afloran todos los conflictos del entorno literario avileño; entre paz y tormentas, las horas me hicieron entrar en las interioridades no solo de los seres humanos, sino, de lo que representan: librerías, editoriales, puntos de ventas o simples mesas de trabajo. Con ello, de cierta manera, respetar el rol de los que desde esa su “misión” ejecutan día a día su compromiso para con la cultura y, por ende, con nosotros.

Tal vez jamás me hubiera dolido la Frase “No hables como ejecutiva” quizás porque ningún ejecutivo debe perder su capacidad humana para dilucidar el reto que impone responder ante la otredad. Y responder, es aceptar la pertenencia al sitio, en este caso al libro y la lectura, al hombre que lee y al que escribe, y al que imprime, corta y mas allá de todo, promueve y traslada a los ojos del lector ese arte, el de escribir y esa obra única, el libro.

La realidad es que con menos debemos de hacer lo imposible para que las letras no se pierdan en la nada, por la falta de pertenencia o del simple sentido del deber para con los que  esperan una hoja que leer, o colorear. Tampoco debemos rendirnos ante la objetiva y palpable queja del que carece de tecnología y debe recurrir a rudimentarios procesos para dar el acabado final. No es fácil buscar esquivas respuestas, que no curan para nada la llaga de la exigencia de colegas; y su  protagónica lamentación  porque nuestro silencio no es capaz de ilustrar la actualidad del panorama creativo de los escritores ni  insertar  su creación dentro de  esta contemporaneidad, diversa y espontánea, libre y seductora en sus metáforas y rejuegos literarios. Pero la cordial lectura, el tiempo amable de confraternizar con poemas se disgrega y cada vez se aísla en un mundo particularmente privado  por no llamarlo íntimo. Y lo antigregario nos convierte en soledades  en islas dentro de una isla.

Ver que los esfuerzos de cada librero quedan sin espectador del otro lado, duele. Ver la ausencia de intelectuales o escritores en las tertulias, duele. Ver que otros sitios seducen a los creadores, duele. Porque este terruño es de poetas como mismo lo es de portales. Y sobre una hoja hago anagramas y cálculos para pensar que mañana el resultado de las sumas y restas debe  ser mejor. Porque mantener el equilibrio  es ardua tarea, sostener las quejas de uno  u otro lado del punto y ver como la recta es traicionada por la necedad y se  deja llevar en curvaturas, perdiendo lo más importante el sentido del destino. Así se afronta los dilemas diarios, insolvencia económica, desventaja tecnológica, sumados a la carencia de la raigambre humana. Para que las puertas de una librería se abran dispuesta a que los clientes se detengan sobre los anaqueles  y escojan un simple nombre para su librero.

Se ha de hacer esta silla gigante para que todos  analicemos la fisura de la pared, por la que se puedan escapar nuestras esperanzas. Asegurar que después de bajar de él retorne al sitio que nos toca e intentar  hacer lo que nos falta  para que la literatura no sea un fósil que observen nuestros hijos desde el cristal de un museo.

 

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