Una crónica de José Antonio Quintana

PorUNEAC Ciego de Ávila

Una crónica de José Antonio Quintana

(Tomado de su perfil de facebook)
 
En el batey San Fernando, sentados en una guardarraya, sobre la tierra roja, en shor, descalzos y casi siempre sin camisas, comíamos caña de azúcar mientras nos pasábamos el cuchillo para pelarlas e intentábamos arreglar nuestro mundo infantil, muy simple entonces. Allí estaba Ramoncito Iraola.
En 1988, el campamento de pioneros en la playa Santa Lucía nos acogió durante 15 días. Yo realizaba mis prácticas docentes, a Papin Contrera, intranquilo y rebelde, había que vigilarlo constantemente. Lo mismo quería nadar hasta el infinito, sin miedo, que podía escaparse a explorar otros lugares. Líder natural, siempre estaba rodeado de un grupo con quienes compartía aventuras y golosinas, porque eso sí, era generoso.
En la escuela del Macizo Cañero, años 1991 y 1992, la dura crisis económica nos agobiaba. Yo impartía 10 asignaturas a dos grupos. Ahora no podría. Como casi nunca desayunaba resultaba una bendición cuando la farmacéutica Nory nos traía una infusión o un pedazo de pan con algo o un dulce, o mangos que recogía su esposo Manolo. Sus hijas Lisset y Lisbet estudiaban en la escuelita. Año 2021, el municipio Venezuela sufre los azotes del Covid 19. La muerte, el temor, el dolor, la incertidumbre, junto con la escasez de medicamentos y alimentos mantienen en vilo a todos. Un ejército silencioso se enfrenta al virus, sin los recursos necesarios en centros hospitalarios y en consultas en los hogares. Arriesgan su vida a diario. Entonces, un grupo de hijos de ese pueblo, que aunque viven en otros países su alma nunca se ha ido del barrio natal, se unen, gracias a Internet, para ayudar. Y así encuentro nuevamente a Ramoncito, Nory, Papin, que tuvo el valor de hacer la convocatoria, y muchos más. Mantienen en sus corazones lo esencial. Van sumándose venezolanos por WhatsApp y comienzan las donaciones. De España, donde la situación económica es más difícil se hacen poninas de 20, 30 euros hasta completar 100. Nadie alardea, cero política, solo una obsesión: enviar ayuda humanitaria mediante emisarios dignos y valientes. No ganarán nada, solo se les pagará los gastos del viaje. Sí arriesgarán su salud y dejarán la zona de confort para asumir el estrés y sacrificio que supone viajar en estas condiciones anormales. Esa es nuestra gente auténtica, ningún manjar extranjero ha hecho que olvide sus orígenes. Y en esta madrugada siento volver a la guardarraya, a tratar de arreglar el mundo, aunque ya no lo veo tan simple, pero igual acompaño a muchos Ramoncito.

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